Textos finalistas – Categoría general

Primer puesto - Después de mañana, de Violeta Jiménez

La madre, luego de sujetar su cabello en forma de rodete con una peineta, abrirá las tres ventanas, incluso la del cuarto del hijo, guardará las tazas del desayuno, barrerá toda la casa, le hablará al perro sobre el desorden del hijo, sacará la ropa seca de la soga, tenderá las sábanas, alimentará a las gallinas y también algunos pájaros, buscará huevos frescos en el gallinero, en la huerta sembrada por el hijo elegirá verduras para el almuerzo, recorrerá rincones de la casa mientras la sopa casi está lista, después de haber cortado el pan tocará levemente los libros del hijo en el armario, acomodará las frutas en una fuente de loza y las granadas preferidas del hijo en un plato más pequeño, se sentará un momento, como casi siempre a esa hora, con los viejos cuadernos del hijo, se detendrá en su letra grande y redonda y en aquel dibujo de un campo lleno de vacas, recordará las agujas y los hilos viendo el costurero y sabrá que el abrigo del hijo necesita varios remiendos.

El padre en los parrales cavará la tierra gran parte de la mañana, después atará las cepas, raleará los granos maduros picados por las aves, controlará el riego cabalgando, montado en el caballo del hijo, dejará para más adelante la poda, ordenará en el establo las herramientas regaladas por el hijo en Navidad, cambiará el forraje de sitio para resguardar la bicicleta del hijo y las monturas, alimentará a los conejos criados junto al hijo, vendrá a la casa después del trabajo en el campo, sacará agua del pozo y colocará una jarra sobre la mesa, colgará en un gancho el sombrero y besará a su mujer.

La madre y el padre después del almuerzo, junto al horno de barro, se sentarán a conversar sobre el hijo enamorado del agua, partirán nueces y almendras, las acomodarán en envases de vidrio, después dormitarán un rato bajo el sol de la siesta otoñal, verán al hijo en el sueño nadar aguas arriba, como buscando el mar. Antes del atardecer la madre y el padre juntos prepararán una gallina, el padre sujetará con firmeza las patas del ave y la madre, con precisión realizará un breve corte luego de haber torcido la cabeza del animal, los últimos estertores del cuerpo sometido anunciarán su muerte inminente, un hilo de sangre caerá con lentitud sobre un plato de lata, reservarán el líquido coagulado como parte de los alimentos, la madre calentará agua hasta el punto de hervirla y lentamente la verterá sobre el cuerpo inerte de la gallina sacrificada, entre el padre y la madre arrancarán las plumas, cortarán la carne y la refrigerarán después, será el sustento de mañana, no habrá labores mañana, se quedarán contemplando sus destinos bajo el olivo, sin hacer casi nada.

Al desvelarse, antes de la medianoche, el padre hablará para recordar mañana es el día, preguntará la madre ¿Qué haremos mañana?, no trabajaremos asegurará el padre, será un largo día pensará la madre y dirá el padre durará solamente un día. Al día siguiente será mañana, la madre y el padre, juntos en la cocina, arrancarán la hoja del calendario con un número oscuro de dos cifras, un número negro de absurdo aniversario pensarán la madre y el padre, recordarán sin hablar el sonido de las palmas al llamar junto al portón de la entrada, la voz al anunciar el hallazgo del hijo retenido en la compuerta del gran canal, ya apagados los últimos estertores del cuerpo juvenil, sometido por la violencia de los remolinos del remanso, el hijo ahogado con aroma a musgo, con resabios en su piel del agua helada y sin piedad, el hijo ya sin dibujar el campo en su cuaderno, sin comer granadas, sin cabalgar la viña, el hijo muy quieto junto al olivo más triste, con su cuerpo guardado dentro de la tierra, con su precioso nombre escrito en una piedra gris.

La madre y el padre continuarán viviendo con el hijo en ellos, después de mañana.

Segundo puesto - El semental, de Ivana Antonella Schiaffino

Esta vez me toca a mí. Me toca ir a pegar. Columna me da bien las instrucciones de con quién tengo que hablar, de quién me va a dar la magia. Esa es la palabra clave, me dice que no sea boludo y que no me la olvide porque si no, no te dan nada. Parece que es gente muy estricta. Salgo. La noche brilla. Mi misión: Traer la magia a la mesa redonda, nafta para los pibes, alimentar la jirafa. El clima está ideal así que aprovecho y mientras camino doy mecha. Tengo una tuca guardada en la campera. Aspiro y aguanto. Me siento un rey. Esto debe sentir un tipo trabajador cuando cobra el sueldo y va al súper con la familia. Lo mio también es un laburo pero a otra escala. Miro el reloj, me tengo que apurar, Columna me dijo que también son muy gorras con el horario. No sé si es la adrenalina pero el fasito me pegó bastante. Re pichi. Me corre un frío por la espalda y meto una mano en el bolsillo. Las llaves y nada más. ¿Y la guita? ¿Columna me dio la guita? Qué fumaporro de mierda. Si vuelvo, no llego y si perdí la plata, los pibes me matan. La concha de la lora. Miro el reloj, hago un pique para atrás mirando el piso. En eso un pibe me lleva puesto, nos caemos los dos y me raspo un poco las manos. Escucho un grito y pegada la luz azul doblando la esquina. El pibe me mira y sale corriendo. Ya sé por qué me dio vuelta, era nevado. Trato de rescatarme y el patrullero pasa lento al lado mío. Me habla el oficial por la ventanilla, me pregunta por dónde se fue, le digo que no sé y me invita a subir al patrullero. Digo que no, que todo piola. El poli sale del auto y se me acerca, me ayuda a levantarme del piso y me mira las palmas. Vení negro, te desinfecto. Ya fue, se ve que del cagazo, de que estoy re puesto, vomito. El poli me sostiene la cabeza y yo no puedo dejar de pensar en los pibes, reunidos en círculo sin nada en el medio. Ya veo que voy a tener que llamar a mi vieja para que me rescate. Soy un goma. Qué desperdicio de vida. El cana me sube al patrullero, a la parte de atrás. Posta que es cómodo,está caliente y los asientos son mulliditos. Cierro los ojos para concentrarme, a ver con qué cuento zafo de esto, pero como un boludo me quedo dormido. Sueño con un bloque de agua oscura en el medio de la noche. La luna plateada ilumina el predio. Yo estoy desnudo, pero no tengo frío, soy un caballo. Me veo las patas fuertes. En el lago se está bañando una mujer desnuda. La luna le hace brillar los pezones, los puedo ver a la distancia. La mujer tiene un cuerpo increíble. Relincho y me sale humo por la boca. La mujer tiene el pelo largo, negrísimo. Yo me pongo un poco mal porque ella es una mujer: me metería en el agua para agarrarmela ahí nomás, pero soy un caballo. La mujer me mira y se me acerca, sus ojos clavados en mis ojos. Tiene unas tetas hermosas, para chupárselas toda la noche. Me acaricia el lomo. Yo me la quiero montar,pero es ella la que me abre la boca y me mete la lengua. Yo tengo una pija enorme y me la cojo. Soy un caballo y la hago gozar. Ella está entregadísima. Me muerde con fuerza, los pelos se me erizan y acabo. Ella sigue y yo también puedo seguir, parece que nos vamos a pasar toda la noche así, cabalgando en medio del pasto.Soy un forro. Me despierto y veo que tengo todo el pantalón acabado. El policía me hace señas para que salga y me invita a pasar a la comisaría. Yo espero que no se note. Me saco la campera y me la ato para taparme un toque. Hay un tipo durmiendo en un escritorio al que le da la luz de una tele encendida. El poli me señala el baño y me dice que en el botiquín hay alcohol y algodón. Entro. Me sudan las manos que son un pegote de mugre y sangre. Abro el botiquín, no hay algodón, pero sí alcohol. Me tiro un poco y puteo por dentro. Me enjuago con agua y devuelvo el alcohol. Pero veo algo más... una bolsa mediana. No puede ser. La agarro y pruebo un poco y sí. No es tan buena pero va. Me seco las manos y me doy un saque. Funciona. Ya fue, me meto la bolsa en el bolsillo de la campera y salgo. Mi amigo poli no está a la vista. El tipo sigue dormido sobre el escritorio. Salgo del baño y camino lentísimo hacia la puerta. No hay nadie. El lugar es un hueco silencioso. Salgo a la calle. La noche ya casi está terminando, me doy cuenta por el color del cielo. Empiezo a caminar. Me pongo la campera y toco la magia en el bolsillo. Los pibes deben estar preocupados, pero mañana les llevo la bolsa y se les pasa. Soy un semental. Ahora solo falta convertirme en caballo.

Tercer puesto - Cecilia Terciopelo, de Milena González

Para: dramercedesvillanueva@gmail.com

De: gracefernandez_57@hotmail.com

Asunto: sin asunto.

Hola, doctora. Saqué su dirección de un cartoncito que había en el mostrador de la clínica. La secretaria me dijo "agarre un caramelo" y justo al lado de los de menta estaban estos cartoncitos y como que el suyo me llamó. Yo creo mucho en esas cosas ¿vio? En eso de la señales. Todas las navidades una tía mía antes de cortar el pollo lo miraba, se persignaba y decía "el destino es el destino". Y bueno, acá estamos. Soy Graciela, tengo 60 años y un cáncer de piel que me diagnosticaron a los 58, el día de la muerte de mi hijo Manuel. Imagínese usted lo que es para una madre ver la cabeza de su hijo desangrarse sobre el cordón de la vereda. Ese día sentí que me moría, y más o menos así fue. Lo que no sabía es que la muerte podía ser inmediata y a la vez perezosa. Yo a veces me miro al espejo, miro la mancha y le digo: dale, comeme. Pero no me come. No todavía. Mientras tanto hago tiempo. A veces me siento frente al reloj y frunzo el ceño para ver si puedo adelantarlo. O atrasarlo, no estoy muy segura. Quizás por eso no me sale, porque no me decido. Otras veces saco todos los estudios, los mezclo sobre la mesa y juego a ordenarlos de atrás para adelante. Y de vez en cuando, cuando me animo, me pongo un saco de esos que me gustan y salgo a caminar. Me paro en la fila del cine, compro dos entradas y cuando dan sala digo que estoy esperando a alguien, que ya va a venir. Después salgo corriendo, me meto en alguna cabina telefónica, marco un número cualquiera y juego a adivinar el nombre de la otra persona. Una vez adiviné uno. "¿Héctor?" dije, "¿Cecilia?" dijo él, "sí" dije yo, y hablamos un buen rato. Me gusta ser Cecilia a veces. Cecilia es rubia y hermosa y tiene una piel blanca y lisa. Fue maestra jardinera y ahora es jubilada. Tiene un gato, o dos, y le gusta hacer talleres de macramé. Vivió un tiempo en Buenos Aires pero ahora está en Mendoza y cuando habla respira azul clarito. Y se ríe mucho. Muchísimo. Tuvo varios maridos y se divorció de todos. Opina que es feliz estando lejos, pero cada tanto le gusta llamar a viejos amigos. Héctor gusta de Cecilia. Cecilia no gusta de Héctor. Yo un poco sí. Por eso cuando corto el teléfono me pongo colorada y la envidio muchísimo. Todos los miércoles voy y llamo a Héctor, él siempre dice "justo estaba pensando en vos" y me cuenta una anécdota y yo me hago la que me acuerdo. ¡Qué plato! Le digo. Hace poco Héctor me dijo que un día de estos puede sacar vacaciones en el trabajo y venir a visitarme. A visitarla. A ella. A Cecilia. No a mí (Graciela). Y yo no quiero que vaya a visitarla porque sería un poco injusto, ¿no es cierto? A la semana siguiente no lo llamé para ver si se le iban un poco esas ideas, y a la otra me dijo que tenía algo muy importante para mandarme y me pidió un mail. ¡Casi le paso el mío! ¿Puede creer? Justo me di cuenta y le dije que no me acordaba, que me pase el suyo así yo le mandaba y ni bien llegué a casa me creé uno: ceciliaterciopelo@hotmail.com. No sé por qué terciopelo. Al ratito me contestó con una foto escaneada y algo agrietada por lo vieja, creo yo. Había una chica colorada de pelo largo y lacio, con un vestido a lunares y una capelina abrazada a un chico muy buenmozo, morocho, con una campera de cuero. Los dos sonreían. Se me estrujo un poquito el corazón. Primero porque mi Cecilia era rubia y ésta era colorada y después porque tenía una nariz chiquitita y delicada, no como la mía. En fin, justo unas horas antes de ir para la clínica estuve pensando en eso de que Héctor visite a Cecilia... y justo vi en el cartoncito que usted era cirujana y pensé: bueno... ¿por qué no? ¿y si me tiro el lance y le pregunto? Como para sacarme la curiosidad ¿vio? Yo quisiera saber cómo es el tema, digo ¿uno le lleva una foto y listo? Si le mando ahora esta foto que le digo y una mía, de Graciela, de ahora, ¿Usted me puede decir cuánto me costaría ser Cecilia Terciopelo?

Acerca de la inocencia, de Mercedes Ferreira

La otra vez le decía a un amigo que me atormentan, y cuando digo esto me refiero a que me apasionan, algunos secretos que yo conozco sobre la gente a mi alrededor. ¿Estaré haciendo algo muy bien, para saber todo esto? ¿o muy mal?, lancé al aire, mientras destapaba la bombilla con el aire de mi boca.
Ese par de preguntas de actitud pajaresca, suelta, algo canalla me sirven para hablar de cualquier dilema, aunque con los años me pregunte cada vez menos si hago bien las cosas y mucho más cuánto me cuestan. Quizás sea el cansancio, lenta erosión del tiempo sobre mi alma. Quizás no me da la nafta para tratar de ser mejor persona. ¿Pero no debería ser ese un fundamento? Por lo pronto estoy segura de que no lo es; si alguien me lo preguntara en una trivia, con pura honestidad diría que no, pero poco después vendría a mí una respuesta más cierta: la verdad de que no es resignación -y que, si lo es, me importa un pito- sino alivio, agua que me acerca a una existencia más blanda, más carnal, anclada y dulce que la rígida idea de alma. Alma es una piedra blanca. Y si yo no debo ser buenísima, tampoco los demás. Esto ideológicamente, éticamente: en el orden de la emoción, una piedra movediza.

En cualquier caso, siempre me sorprende enterarme de cosas prohibidas. Me excita, me exalto. Quizás la sorpresa radique en mi formación eucarística de la palabra: si los secretos son un pecado y yo no me arrodillo en un banquito de madera a ventilar cada semana (en realidad sí, yo ventilo con mi amigo), esa palabra candente, esa palabra, como espejo del pecado que nombra, me consumirá a mí también. ¡Sin que yo me coja a nadie!

Pero no es solo curiosidad sexual. Es la gracia, la gratitud, la bendición de que algo agujeree la silicona del mundo.
Piedritas en la ventana. Huidas nocturnas.

Es el mediodía, mi amigo me escucha en silencio mientras limpia un cable de la pc. Él no conoce a ninguna de las personas involucradas y puedo regodearme largamente en los detalles, como si hablara con un animal. Los juzgo a ellxs, juzgo qué juzga él (¿vos lo harías?). Está sentado en la alfombra. Tiene puesto un boxer negro y ese boxer tiene un ancho elástico blanco que dice Calvin Klein. (¡Pero más vale que sí!)
Me mira, vuelve a lo suyo, sacude el trapo, tose. Hay polvo invisible que con la luz brilla. Cuando tose se le marca el esternón. Cuando habla sobresale la nuez.
¿Vos qué opinás?, le digo, y pienso de repente en los secretos de su vida. ¿Quién se lo habrá cogido? ¿Qué es el mundo para él? ¿Qué países, qué famosos, qué acontecimientos? En mi mundo, por ejemplo, no están Dragon Ball Z ni el Mundial 98 ni el carnaval de Gualeguaychú. Cosas que me son ajenas, animales mansos en las orillas de otros. ¿Qué ensoñaciones lo obsesionaron? ¿Las recuerda, también, a la distancia, como si fueran tiempo efectivamente vivido?
Pienso en que un día se va a morir. Es mi nuevo entretenimiento: miro con atención a alguien, fijo algún detalle y pienso en que tiene adentro los mismos huesos que tendrá el muerto.
Pero todavía no. Ahora está acá, en la alfombra, donde antes no estuvo y algún día ya no estará. Lo observo y el tiempo me parece entonces una magia amasada con residuos, tripas y ternura, ausencia, elipsis y catástrofe. El tiempo en su esplendor, esculpido y maniatado en el cuerpo de un pibe nuevo. Pasamos unos minutos en silencio.
-Los demás también saben cosas que vos no sabés, me dice.
Creo que estamos por garchar. Siento el llamado. Es muy posible que en ese momento se me venga a la cabeza lo de "magia amasada". Y quizás, incluso, se lo diga al pasar.

Desa(r)mar, de Verónica Rojas

No podés recordar si lo último en ser extraído -sí, como un diente inutilizado, putrefacto- fue la cama tamaño king o la mesa maciza del comedor. A pesar del encastre ingenioso que apuraban los brazos contratados para la mudanza, todo se reducía en ese momento a pedazos inconexos, a escombros de una felicidad perdida.

De repente, caíste en la cuenta de que no podías, no buscabas esconderte de tu pasado. No había escapatoria posible. Sólo entonces, un clic en la cinta de tu memoria dio paso a un retroceso detallado, aunque vertiginoso. Se abrió voraz la puerta de entrada del edificio y atrajo, con la violencia justa para no romperla, la pesada mesa de madera que acababan de arrancarle. La mesa subió torpe, con un esfuerzo que hacía crujir su sólida estructura, los 17 escalones hasta el primer piso para afincarse, triunfante, sobre las baldosas que ostentaban la cicatriz de cinco años de almuerzos y cenas.
Le siguió el colchón enorme, magullado por siestas inacabadas y retazos nocturnos de amor y de vino. Se arrastró por las escaleras y esperó, con paciencia maternal, a que subieran sobre sus costados las dos partes de su apoyo, simétricas, agitando en un saludo irreal los jirones de la tela fina del fondo.
Las seis sillas del comedor saltaron los escalones de a dos, de a tres, y se posicionaron impasibles en su lugar de tantos días. Las astillas desprendidas en la bajada se levantaron del suelo, insertándose perfectamente en las heridas casi invisibles de respaldos y patas. Cuando le tocó el turno de volver a la pequeña biblioteca, los libros abrieron las cajas en una explosión colorida, y fueron a ubicarse por colección y por idioma en los anaqueles usuales. Las notas viejas y las postales de tu otra vida, que cubrían todo el piso del estar, se levantaron triunfantes para meterse en los libros exactamente antes de que fueran a ocupar su posición. La flor seca que destrozaste minuciosamente horas antes se formó de nuevo, recuperando su traslúcida perfección construida de fragmentos minúsculos que venían volando desde los rincones más dispares.
La alfombra donde se habían apoyado los primeros pasos de los niños reptó lenta, aún enrollada, hasta el espacio frente a la biblioteca. Se desplegó decidida, atrayendo pelusas y polvo que estaba suspendido en el rayo de sol que se colaba por la puerta ventana. De no se sabía dónde, llegó volando el sillón de cuero que él se asignaba como propio; quizá proveniente del mismo origen desconocido, entró por el vidrio abierto al balcón la televisión que le habías regalado en el día del padre del año pasado.
En un orden ya imposible de seguir, viste pasar las mesas de luz, los veladores comprados en el mercado de pulgas, la cafetera de espresso que alguna vez fue un sueño repartido en tantas cuotas. Las sábanas, las toallas y tus ropas volvieron a llenar los placares, que se cerraron como enojados al recuperar su función. El silencio que se abría entonces fue proporcional al tiempo que había pasado hasta que la sección del placar que le correspondía a él se fue poblando de camisas, zapatos, carpetas de documentos que habían estado, instantes antes, desparramados sobre la cama y por todo el suelo del dormitorio. La valija que hasta entonces fue sinónimo de viajes de trabajo se insertó en el hueco encima del placar con un sonido rastrero, furioso. Entonces tuviste la impresión de que la ceniza se iba pegando alegremente al cigarrillo que tenías entre los dedos, surgiendo en parte desde tu otra mano, que apoyabas sobre la baranda del balcón. Aspirabas el humo esparcido a tu alrededor con la convicción del final, soplándolo suavemente hacia adentro del filtro, pegado al papel alrededor del tabaco que se seguía alargando.

El otro barrio, de Ignacio Valiente

Se acuesta escuchando las gotas en las chapas. Quiere que pare. Aunque no sirva de nada: por más que deje de llover ya mismo, mañana va a estar todo embarrado. Y cómo va hacer con la abuela, y con la silla de ruedas.

Tiene que llevarla al hospital por unos estudios. El doctor les había explicado, pero él no entendió mucho. Se quedó con que iban a meterla en un tubo y hacerle unas imágenes. Se acuerda de las radiografías que le tomaron a él, cuando fue lo de la bala y vio el hueso partido por la mitad y no podía creer que eso fuera suyo.

Da vueltas. Se enreda con las sábanas, que se zafan de las esquinas del colchón. Anticipa lo que va a ser subir a la abuela al colectivo. Va a tener que salir con la linterna para hacerle señas al chofer, porque no hay parada y a esa hora todavía está oscuro. Va a tener que pedir ayuda a los pasajeros, que agarren la parte de adelante, mientras él inclina la silla de ruedas con el pie y empuja desde atrás. Eso, siempre que el colectivo frene. Porque la mayoría sigue de largo cuando los ven con ese armatoste. Y nunca se sabe cuándo va a pasar el próximo.

Anoche discutieron él y la Ma. ¿Por qué no la llevaba ella a la abuela? Porque la Ma pesa cincuenta mil kilos, aunque nunca lo va a reconocer. Soy delicada de salú, le gusta decir. ¿Y por qué él? Porque es el hombre de la casa. El último. Los otros están al costado de la ruta, cada uno con su cruz de madera.

En el fondo, entiende que da igual que puedan o no puedan tomar el colectivo. De cualquier manera va a tener que cruzar el puente a pie, y atravesar el Otro Barrio. Que lo llaman otro aunque no es muy distinto a este.

Quiere, entonces, al revés: que no pare de llover. Si es posible, que llueva más fuerte. Que se inunde. Cuando se inunda, vienen los de chaleco naranja a poner orden y repartir comida. Imagina, por un momento, el agua gris hasta las rodillas, los remolinos que va a tener que esquivar con la silla de ruedas. Va a ser más difícil moverse. Pero al menos los del Otro Barrio van a estar distraídos, tratando de manotear alguna caja de más.

La inundación del año pasado fue tremenda. Una chica de la ciudad había venido a hacerles una entrevista. ¿Como las de la tele?, preguntó la Ma. Sí, pero para la facultad, respondió la chica. Usaba unos anteojos gatunos y anotaba todo en un cuaderno de espirales. Lloró cuando le contaron de la tormenta, de la gente trepada a los techos, de los pozos ciegos que desbordaban de mierda. Se asomó a la ventana y sacó fotos con uno de esos teléfonos blancos, chatitos, que a veces se consiguen en el Otro Barrio. Antes de irse, dijo que ella también amaba la cumbia y que el chipá que le convidó la Ma era alucinante, aunque apenas le había dado un mordisco.

Se levanta. Descorre los toallones que hacen de cortina. Mira a la Ma y a la abuela durmiendo en el colchón, abrazadas. Roncan. Ma, dice en un susurro. Ma, repite. Pero ni ella ni la abuela se despiertan. Voy a ver si llueve, dice y sale a la calle.

Hay algunos charcos dispersos, acá y allá, como pedazos de vidrio sucio. Las gotas dibujan círculos que crecen y se borran, cada vez con más lentitud. Tantea el aire con la palma de la mano hacia arriba. Piensa en ir a buscar la bicicleta. Para dar un paseo. Para despejar la cabeza. Para cansarse. Se miente y sabe que se miente. Rodea la casa y llega al patio de atrás, donde la tiene guardada.

O donde la tenía. Porque alguien se las arregló para romper el candado, y ahora la bicicleta no está.

Si fuera por él, saldría corriendo.

Entra de nuevo. Vuelve a mirar a la Ma y a la abuela, ahí, tan tranquilas. Como si el Otro Barrio no existiera. Como si la bala hubiera sido una broma y no un aviso.

Se acuesta. Muerde la almohada con rabia. Reza. Pide que llueva como nunca. Que el agua los borre a todos.

no se pueden esconder los accidentes en el bolso de mano, de Josefina Gómez

me dijiste _mi amor_ y bajé la ventanilla todo lo que pude. pensar en las palabras pegadas al tapizado del auto me da náuseas. caminamos más de diez cuadras y arrastré la valija por todo el camino, como flameando mis tres libros brillantes y mis cuatro mallas húmedas en bolsas de nylon.
las playas de estacionamiento son ásperas y están mal iluminadas pero esa noche se sentían como una película de sean baker: donde las ruedas derretidas son calor y no desecho. la atravesamos con el neón en la espalda dictando la coreografía de los caramelos blandos y el agua de río en el pelo. te pedí que me hagas una colita y tardaste más de dos minutos. frené sin apoyar las cosas y sentí que me tocaste la nuca con ternura. tus manos heladas me dieron electricidad pero no me alejé. cuando terminaste me di cuenta que estábamos tan atrás que podía darte un beso y no lo iba a ver nadie. la propaganda azul metalizado del carrefour de una ciudad de estrellas deshabitadas nos cubría de las luces blancas de buenos aires: los fuegos artificiales siempre están dinamitando en una ciudad que no es la nuestra.

entre carros de supermercado y niños jugando a la pelota llegamos a la calle de faroles altos en la que habíamos estacionado. en la esquina había un cochecito de bebé y un tacho de basura enrejado, esos que solo sirven si lo que querés tirar está dentro de otra cosa. hice un video y lo único que se vió eran colores amarillos, sombras, tu voz entre murmullos de chicas y el roce de los cuerpos en los asientos de cuero.
m maneja como una sarah key pop que se dibuja rulitos en el pelo con una mano mientras acelera con los pies descalzos. los amores viajan atrás pero el perfume se confunde con el de las flores al costado de la autopista. suena una canción que nos hace emocionar. miro a dorothy en un ángulo oblicuo, dibujando la geometría de notas desafinadas y secretos en las medias. le doy la mano aunque ella no me mire y con la otra toco el metal de la puerta. el roce con mis anillos provoca un chillido inaudible, eclipsado por el viaje. no leo a cuántos kilómetros vamos pero siento la velocidad en la boca del estómago, podríamos estrellarnos. después de tres días de nado sincronizado en la misma bañera sin cortinas, el choque no me asusta. es como morir atada a un cisne de pelaje intergaláctico.

cuando llegamos a las calles empedradas lloré. bajaste en tu casa y nos despedimos con un gesto a través del vidrio. te regalé mi collar de mostacillas y te vi ponértelo por el espejo retrovisor antes de doblar para siempre. nosotras hablamos de la fauna de la ciudad y del libro de poemas que estaba en la guantera cuando todavía no nos habíamos teñido ningún mechón de rosado. tardamos un rato más en llegar y entramos a la casa con los músculos cansados y el off pegado en las piernas. nos probamos vestidos de tul y peluche y después nos bañamos. el verano infinito, el de las telas traslúcidas y los prismas en las paredes, terminó con un rouge olvidado en el respaldo del auto y tu gomita de pelo empapada en el escalón de la ducha de dorothy.

Oxígeno, de Eugenia Mitchelstein

Me bajé del auto con cuidado, los puntos todavía tiraban. Casi como la culpa. Extrañé la anestesia, los calmantes, el tramadol. Subí las escaleras despacito. Me senté en el sillón. Prendí la tele. Dije -¿y si volvemos a mirar Sex and the City?. Él me dijo que sí, me habría dicho que sí a cualquier cosa. Para consentirme y también para no discutir. Pedimos pizza.

La inyección que me habían dado falló, o no servía. A la noche me desperté con el camisón mojado. Tuve un instante de pensar dónde estaba el sacaleche. Un segundo instante de enojarme con mamá, que había desarmado todo. Un tercer instante de recordar que no importaba. No lo desperté. Pensé que ya tenía suficiente. Me di una ducha tibia, como me habían recomendado las enfermeras.

El lunes fue a trabajar, le dije que fuera, que le iba a hacer bien. El martes contesté los mensajes de mis compañeros de trabajo. El miércoles me senté frente a la PC. El jueves ya estaba trabajando. El viernes fui a la oficina un rato. El fin de semana fue un infierno.

El lunes fuimos los dos al centro. Volvimos a la vida de antes. Nos encontramos a almorzar los jueves. Pensamos escapadas para el fin de semana largo. Nos fuimos: a Tigre, a Rosario, a Mendoza. Cada vez más lejos. Como si pudiéramos escaparnos.

Un jueves él no pudo salir a almorzar. Otro yo tampoco pude, me faltaron ganas. Dejamos Sex and the City cuando Miranda quedó embarazada. Bah, en realidad yo lo seguí viendo a escondidas. Él dijo de ver The Wire. Yo me quedaba al lado, no entendía qué decían pero no me importaba. Un fin de semana me fui a lo de mis viejos. Me hizo bien.

Me acompañó a la consulta a la obstetra. Cuando nos sentamos los dos frente al escritorio, le preguntó “¿cuándo podemos volver a intentar?”. Y yo pensé que no quería volver a intentar. Que mi ambivalencia ya se había resuelto. Que no podía volver a pasar por lo mismo.

Soñaba que se me perdía la bebé. Que la había dejado en lugares imposibles: un portaequipajes, un lavarropas, el cartucho de una bic. La psicóloga me decía que mejor así, que lo estaba procesando. Cuando meditaba, mi lugar de tranquilidad era la habitación amarilla, con ventana al oeste, en la que había dormido entre los 13 y los 22 años. Me fui a vivir a lo de mis viejos. Él me dejó de compartir las facturas de servicios y el recibo del pago del alquiler. Yo le dejé de transferir la mitad. Estaba ahorrando. No sabía para qué.

Un día llamó al teléfono de línea y pidió hablar conmigo. Mi padre me pasó el inalámbrico con cara de preocupado. Me sentí de 14 años. Me pidió que volviera a casa. “Ya voy a volver”.

Cuando llegaron los papeles del divorcio mamá se puso a llorar. Miraba nuestra foto a la salida de la iglesia, él de jacquet, yo de marfil, los dos fascinados. Y miraba el sobre. Y lloraba. La encontré así cuando llegué del trabajo. Esa noche lloré por Olivia: por el embarazo, por el parto prematuro (me habían dicho que hiciera reposo), por la cesárea de urgencia, por la hipoxia, por el pacto que hice con andá a saber quién mientras los médicos se desesperaban, “si sobrevive me conformo con que pueda succionar. No, hablar, mínimo que pueda hablar”. Olivia ni pudo respirar por su cuenta. Le besamos los piecitos mientras la desconectaban del oxígeno.

Pesca, de Liliana Pellizzari

Voy hasta el recodo que hace el río. Ahicito es donde se pesca mejor. Tengo carnada suficiente, unas mojarras que me dio el vecino. Llevo la caña lista para capturar un buen sábalo y ponerlo en la parrilla a la hora de la cena. Lo voy a hacer despacito, nomás, pa que vaya soltando toda la grasa. Tengo que apurarme, no vaya a ser que la tormenta se adelante y los sábalos se manden a mudar. Yo los conozco bien a estos bichos.
Esta vez no voy a detenerme en el rancho de "la loca" para entregarle alimento. Tengo más apuro hoy día. Ahí está la pobre. El sol de estos parajes le ha secado la piel. También su cuerpo parece haberse encogido. Quién habrá sido el guampudo que la dejó preñada. Me pregunto cómo va a cuidar a un hijo, si ni a ella misma puede atenderse. Tiene las tetas como las de las viejas. Ahora mismo la veo alimentando a su gurí. Apenas le sale un hilito de leche, escaso y desparejo. No hay nada pa chupar. A la Grisel le ha pasado lo mismo, mi hija nunca quiso saber de consejos. Mucha juerga nomás, mal ambiente y así le ha ido. Ha traído al mundo otra boca más para alimentar. Y piensa que somos los mayores quienes tenemos que lidiar con todo eso, que es nuestra obligación pues. Y nos ha puesto contra el paredón sin nosotros quererlo. Por su imprudencia mis noches se alargan y aunque trato de cansarme contando a todos los bichos del monte que recuerdo, no logro cerrar los ojos.
"La loca" se levanta, pero no nota mi presencia. Carga al niño en su espalda y desaparece entre el cañaveral.
La sigo. Esa mirada que le he visto, amarrada como una canoa a un punto distante, me hace sospechar que pueda hacer algo indebido.
Ni una sola vez se da vuelta. Arrastra los pies roñosos y el polvo que levanta queda flotando detrás de ella. Me ha puesto nervioso pensar en la Grisel y en todas estas guainas descabezadas.
El gurí no termina de llorar. Su llanto se mezcla con el graznido de los loros. Ella palmea la cabeza de su hijo sin obtener resultados. El llanto de hambre es cada vez más estridente.
"La loca" corta una varilla y con ella se rasca la cabeza. Luego la agita, haciendo dibujos inexistentes en el aire. Va camino al río. Cuando llega a la orilla junta hojas secas y las amontona. Se desnuda y pone su ropa andrajosa sobre la hojarasca. Saca al gurí del envoltorio y lo deposita sobre el colchón mullido.
Por varios minutos el caraú deja oír su grito ronco.
El cuerpo esquelético de la guaina se adentra en el río. El líquido marrón la envuelve y alcanza su cintura. Ahora solo se ve la cabeza. Algunas plantas acuáticas se enredan en su pelo. El tiempo se detiene mientras la veo desaparecer en la tarde perezosa. Ni una sola vez se ha dado vuelta.
Me acerco al angasito que ahora se ha quedado sin madre. Lo observo con detenimiento y me quedo bien chito. Tiene cara de cansado, la piel arrugada como la de un mono carayá y el cuerpo repleto de picaduras de mosquitos. Sí que es un alma en pena. Lo pillo y le digo: É, vo'. ¿Te vendrías conmigo?

rodar, de Ana Paula Rodríguez

primer bache en una hora, una rueda resentida que se resiste al ajetreo diario, intenso, redobla la apuesta y ahora nos hace parar, se le nota, estaba esperando la oportunidad para lucirse, para llamar la atención mal no fuera por un motivo cobarde, esa pinchadura nos sale caro a todos, el tiempo es oro dicen, no sé si es oro pero quizás sí agua, algo vital y escurridizo que ahora nos falta y resistimos como no resistió esa goma maldita, sin auxilio, a llegar hasta la entrada de algún pueblo, caprichosa en su destino que creía insignificante y ahora es nada, porque no hay forma de arreglarla dice luis, que espera sin la parte del deseo de que ocurra eso que espera, sin esperanza entonces fuma, sin esperanza por la rueda ni por lo que viene si es que algo viene y no morimos de inanición o de hipotermia o de algo más en esta noche, o en las próximas, porque sí es noche, y como tal fría y en esta parte tendría que mencionar a las estrellas, pero no están, o estaban, pero unos bodoques deformados sin talento las tapan, esto es las nubes o como se llamen las nubes por la noche, que no cubren sino los resabios de una luz que ya murió, como nosotros que un día vamos a morir y quizás no sea ahora pero sí en unas horas, o nunca porque en realidad nunca nos interesó vivir. cobarde la rueda y las nubes y nosotros que descansamos en luis, que no llamamos a la grúa ni a nadie porque correríamos el riesgo de que alguien venga y nos rescate, la salida es colectiva, dicen, son mentiras, en este colectivo nadie quiere vivir, ni luis ni nosotros ni la pareja con el bebé que me parece que no son pareja pero sí que al bebé le falta comida o sueño o abrigo porque no paró de llorar desde que salimos, si es que se puede llamar salida a esa hora errante que nos trajo hasta acá, hasta donde no tenemos fuerzas para volver, ni para ir, ni siquiera hacia adentro de nosotros mismos, qué cliché, debe ser la noche, que da la nota ahora sí adentro mío, persiguiéndome con sus fantasmas inventados para mí, con esos ruidos horribles que resuenan en mi pecho y en los pechos de todos los presentes, lo sé aunque no lo pregunté porque esas cosas se saben desde los nueve años de vida, que es la duración recomendable de una vida, después todo es problemas y deudas y amores y fallidos y colectivos que no llegan porque nunca fueron nada, conducidos por luis que ni siquiera desespera porque vino con la esperanza fallada o se le gastó en los kilómetros que hizo desde los dieciocho, ese día que lo contrató esa empresa que después quebró y resucitó y estafó a los empleados y cambió de nombre pero lo que no cambió fue la rueda de este micro infame detenido en esta inmensidad que es la nada. los ojos, los primeros traidores, se cierran mis ojos y traen, imágenes nítidas de un invierno igual a este porque todos los inviernos son lo mismo en lo hostil y en lo demás, que es lo único que hay, ante todo, en esta patagonia olvidada hasta por dios. traen a guada redondita, mis ojos, que es mi mente, comiendo el yogur que le preparé con amor, esto es, con cereales, con todos los cereales que entraron en el pote chiquito. mi guada chiquita, también, rizada, viene comiendo yogur y se arrepiente, se arrepiente de venir entonces corre, a la calle, sucumbe. ante un futuro inexistente. son diez metros, es mi casa, o es afuera de mi casa, guada corre, el auto pasa, guada es grande, tiene nueve, y no más. cobarde luis, la rueda, nosotros, la pareja, el bebé, el conductor del auto que terminó con guada hace tantos años pero no tantos como para no recordar sus ojos vencidos, como los míos, que ahora se abren, y luis fuma y guada no hace nada porque no está, y aprieto la mano de julián que sí está, al lado mío, y luis fuma y es la noche y nada más.